lunes, 28 de agosto de 2017

FLORES DE CALABAZA RELLENAS A SALVO DE LOS OZYMANDIAS



Tu estás nadando, yo me emborracho despacio y con cerveza mientras contemplo el inmenso volcán reventado que hace muchos años estuvo allí, en ese lugar que ahora llena el mar. Atardece en Oia pero yo estoy abajo, en una pequeña playa a punto de terminar septiembre. Grecia sigue siendo nuestra casa, el hogar de los sueños y las palabras grandes que nombran lo que fuimos. Griegos somos por encima de iberos, árabes, judíos... Además mi abuelo anduvo por aquí acariciando las piedras y las palabras antiguas que tanto amaba. El cantinero tiene pinta de Eurípides y me sirve la cerveza a buen ritmo. Me saca entonces un plato gigantesco de flores de calabaza fritas en tempura. Algunas tienen dentro un poco de queso de cabra, otras una gamba jugosa llena de mar. Atardece. El barbudo me pone otra jarra helada, habla en griego y no entiendo ni “j”, mi abuelo hablaba el griego, el latín, el francés y el hebreo con soltura y yo apenas chapurreo y mal escribo el español. He terminado el inmenso plato de flores fritas y sonrío mirando el mar oscuro. Dicen que allí, en ese agujero inmenso de Santorini estuvo la Atlántida. Flores de calabaza, luego amor, luego lectura, más tarde sueño. Han pasado unos miles de años y algunos hombres o algunas mujeres seguimos deseando lo mismo que entonces, estar vivos  embriaguez, lucidez, tiempo y mar ¿será eso lo que llaman hoy vacaciones?

Ya muy borrachos discutimos con que sólo Percy Shelley pudo salvar a Ramsés. Nada quedará de los Ozymandias de hoy aunque ahora mismo llenen millones de pantallas y sus palabras ridículas pretendan ser leyes necesarias. Ni quedará nada de ningún poderoso cualquiera que sean sus orgullos y sus voluntades maniacas. Porque sólo los poetas libres pueden salvarlos y los ridículos ozymandias que yo conozco, ni siquiera gozan de los favores de vates aduladores y pagados.

En cambio, hace 2.227 años en Alejandría, un joven cualquiera llamado Dioscórides, del que nada sabemos, dejó el lecho, encendió una lámpara de aceite, se acercó hasta su mesa y escribió en un papiro con tinta de hollín negro estas pocas palabras. Luego, con cuidado untó con aceite de cedro el documento para protegerlo de la polilla y la humedad y volvió con hambre a la cama. Nada sabemos de ella y sin embargo lo sabemos todo. Sus frágiles versos duraron unos años en el frágil soporte y luego pasaron a otro y a otro. Después a un pergamino, más tarde viajaron de Alejandría a Roma y de Roma a Tánger y de allí a Londres y más tarde a cualquier sitio hasta caer en mis manos. No cuenta cosas importantes, no canta a ningún Ozymandias ni a ninguna ambición y sin embargo muchos hombres y muchas mujeres a lo largo de todos esos siglos consideraron que lo que nombraban los versos era una verdad importante a cuidar del tiempo y del olvido:

A Dorís, de nalgas sonrosadas, reclinada en el lecho la tuve
y fui inmortal entre sus tallos frescos,
pues a horcajadas con sus muslos sublimes
me llevó sin desliz por la larga carrera de Cipris,
mirándome con ojos lánguidos, mientras, como hoja al viento,
temblaba enrojecida al galopar,
hasta que el blanco ímpetu surgió de los dos
y ella se derramó como el cuerpo rendido.

PD: agradezco a Pedro Olalla su libro.


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