miércoles, 16 de agosto de 2017

CARACOLES CON MANITAS

Foto de los caracoles que guisa el cocinero Floren Domenzain
Recalentó el guiso en el fuego con la misma cazuela honda de barro donde los había cocinado. Se miró la incipiente barriga y apuró la segunda cerveza helada que se había abierto. Pensó que no había que tener misericordia con un cuerpo que luego, en cualquier momento, por un capricho del azar, la genética o cualquier tóxico ambiental quizá inventaría un cáncer, un alien en la barriga o el cerebro, o se te mete un terrorista en el avión o te cae un meteorito en la cabeza o se te cruza un borracho conduciendo... Eso nunca se sabe, la suerte es bien jodida, que se lo digan si no a quienes les toca la primitiva y les desgracia la vida.

Los peus de porc amb cargols fueron pasando del estado "gelatina sólida primigenia" al de "líquido incierto de color repelús". Añadió un poco más de pimienta negra recién molida y removió con la cuchara de palo para que no se agarrase al fondo la cebolla horcal que le daba una densidad aburguesada a la salsa. Los caracoles gordos, que hubieran servido para hacerlos a la borgoñesa, se habían empapado bien de la transpiración del tinto reducido y la picada de almendras, avellanas, man tostado, ajo y tomate. Las manitas de cerdo ibérico tenían una untuosidad que él comparó de inmediato con la de ciertas partes íntimas de T. justo después del después. Pero ese símil nunca podría hacerlo por escrito para que no se malinterpretasen de forma obvia y grosera sus palabras.

Se había quedado dormida boca abajo, con las piernas abiertas y los brazos medio abrazados a una de las almohadas. Le gustaba observarla así, con ese descaro que sólo tenemos cuando sabemos que nadie nos mira y podemos recorrer sin prisa la piel ajena, como quién mira un plano creyendo detectar donde enterraron los piratas los cofres del tesoro o los cadáveres de todos los traidores. Ese lugar entre la axila y el nacimiento del pecho, ese espacio de la espalda que ya va subiendo para formar la curva de los culos o los primeros pelos de la raja que se salvaron de las podas depilatorias a las que obligan los estúpidos bikinis.

Se sentó en la mesa frente a la cama, con el guiso caliente perfumando la casa y una tercera cerveza para desayunar. Rechupeteó el primer caracol hasta alcanzar con los dientes la cabeza, tiró de él y salió entero, luego masticó un pedazo traslucido de manita y un trocito de pan empapado en la salsa. Aquel primer bocado le pareció mucho más pornográfico que la forma en la que estuvo mordisqueando partes de ella que tal vez nadie había considerado comestibles. Ella entonces dijo algo entre sueños, él entendió algo sucio y delicioso, o quiso entenderlo así, pero no se levantó de la mesa, se aguantó las ganas, siguió devorando las sobras de la cena con usura y con hambre, no fuera a ser que ella se despertada y exigiera su parte. Pero el amor también era eso, haber dejado su ración de manitas con caracoles en el fuego y tres cerveza enterradas en el cubo de hielo. El amor era eso, cenar guisos excesivos y desayunarlos luego con similar apetito. El sol comenzó a salir entre las higueras. Gritaban fuera una reunión informal los rabilargos. Envidiosos, pensó él. Comenzaba Septiembre.


Foto de Hugues Erre

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